(...) Se levantó un viento más fuerte, y los caballos de Neptuno galoparon espumeantes. Por entre la rocas alejadas de la playa saltaban como cabrillas las olas. Aschenbach sentíase anegado en un mundo divino lleno de vida pánica, y su corazón soñaba dulces fábulas. A veces, cuando el sol se ponía por detrás de Venecia, se sentaba en un banco del parque para contemplar a Tadrio, que, vestido de blanco y con un cinturón de color, jugaba al balón. Entonces creía estar viendo a Jacinto, el ser mortal por lo mismo que era objeto del amor de los dioses. Y hasta sentía los dolorosos celos del Céfiro, de aquel rival que, olvidando el oráculo, el arco y la cítara, se ponía a jugar con el mancebo; veía como el dardo ligero, impulsado por los celos crueles, alcanzaba la amada cabeza, recibía palideciendo el desfalleciente cuerpo, y la flor que brotaba de la dulce planta traía la inscripción de su lamento infinito...

La muerte en Venecia, IV
Thomas Mann

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